Aina S. Erice | Fragancias de un mundo fugaz
Un recorrido en el tiempo y en el espacio para explorar las múltiples caras del aroma y las plantas olorosas: sacralidad y seducción, poder y memoria, protección y curación, fugacidad y eternidad.
Pocas cosas son tan evanescentes y, a la vez, tan potentes como un olor. Los olores vegetales cumplen un sinfín de funciones útiles para las plantas: atraen o repelen a otros seres vivos, protegen, defienden, comunican información…
Cuando los seres humanos nos apropiamos de estos olores, lo hacemos con finalidades a menudo similares. Con aromas intentamos atraer a la persona (u otra entidad, natural o sobrenatural) que deseamos; con olores hemos querido defendernos (del mal de ojo, de brujas o vampiros, de los mosquitos, de la enfermedad…). Con perfumes nos hemos comunicado tanto con nuestro prójimo “de más acá”, como con la esfera del más allá, con ancestros, espíritus y divinidades varias a quienes hemos ofrendado flores, aceites y humos aromáticos. Hemos creado jardines donde la fragancia de las flores, liberada en determinados momentos del año, formaba parte integral de su diseño. Y no solo aprendimos a exaltar la fugacidad del olor, sino también a ralentizarla y —hasta cierto punto— a controlarla, atrapándola en perfumes o convirtiéndola en inciensos.
Desde los ajos o las rudas hasta el sándalo y las rosas, desde los aceites perfumados para ungir reyes hititas hasta los relojes de incienso budistas, contemplar el aroma vegetal a través de la cultura resulta tan fascinante como revelador.
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